Suspiré. Me preguntaba como sería tu despertar. Tú aún dormías, pues tu respiración se hallaba lenta. Miré el reloj; 7:03 de la mañana. No hacía mucho que habíamos llegado a casa, un par de horas como mucho. El suficiente tiempo como para llegar a la cama, deshacernos de la ropa, devorarnos como animales - siendo en sí un eufemismo - y caer en un profundo sueño. Bueno, en esta última parte, he de decir que lo mío más que profundo, fue un simple y placentero sueño. Giré sobre mi cuerpo mi sentí una comodidad propia de los dioses. Allí estaba él, tranquilo y sereno. Dulce, simplemente, dormido. "Parece bueno" pensé. Lo es. Su inercia jugo a mi favor y su mano se abalanzó sobre mi cintura. Sonrió, tal vez soñaba conmigo. Cerré los ojos y me dejé llevar, el sueño volvía llamar a mi puerta.
Esta segunda vez el que me observaba era él. Me miraba fijamente como si no hubiese un mañana, como si no fuese a llegar jamás. Como si desaprovechar ese segundo en otra cosa que no fuese esa, fuera una auténtica locura. Auténtica locura era la que sentía yo por él y por sus manías, por su forma de ser. Por sus cosas extrañas y por todo lo que se identificaba con él. Me pasó la mano por la mejilla mientras me sonreía. Bostecé suave y el me imitó de forma escandalosa. Puso sus dedos en mis labios y los bordeó. Lanzo un beso al aire que recogí agradecida. Era bonito tenerlo allí.
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